DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

El Ambiente ya no es lo que era

Christopher Anderson (CADIC) hace un recorrido histórico de las maneras de entender al medio ambiente, hasta llegar a una perspectiva socio-ecológica


Christopher Anderson. Fotografía Jeremías Di Pietro-CADIC

 

¿Qué entendemos por medio ambiente?, ¿Hay una sola manera de interpretar qué es y qué lugar que ocupa el ser humano?, ¿Cómo se fue moldeando esta concepción a lo largo de la historia y cuáles son los desafíos que se presentan en la actualidad? Hoy se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, declarado por las Naciones Unidas, “conscientes de que la protección y el mejoramiento del medio humano es una cuestión fundamental que afecta al bienestar de los pueblos y al desarrollo económico del mundo entero”. En este Marco, Christopher Anderson, investigador independiente del CONICET en el Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC, CONICET) y profesor de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF) realiza un recorrido histórico del ambiente como concepto y plantea nuevos desafíos.

El Medio Ambiente no siempre fue igual, y sigue sin serlo…

“A partir del Renacimiento –hace unos 500 años- surgió en el Occidente una concepción dominante que separa al ser humano de la naturaleza. Esa distinción no existe en otras culturas y fue la que permitió a estas sociedades desarrollar diferentes técnicas de dominación de la naturaleza. Esta visión del humano como “rey” de la naturaleza promovió también la conquista de América y justificó, no sólo el genocidio de pueblos y etnias, sino también el exterminio de ciertas especies animales y vegetales que se consideraron poco deseables o peligrosas, así como la introducción de otras que se veían como positivas”, describe Anderson.

A fines del siglo XIX esta idea empieza a entrar en crisis con la desaparición o el peligro de extinción de algunas especies que evidenció que los recursos naturales no son infinitos. Hacia mediados del siglo pasado, comienza a verse al ser humano como un factor de perturbación de la naturaleza y a hablarse de una crisis ambiental por la cual se debe limitar su impacto.

“Si bien hay un cambio en el reconocimiento de un problema, también hay una continuidad: lo humano sigue siendo un elemento separado de la naturaleza. Por eso las primeras medidas de conservación tienen que ver con la exclusión del ser humano, por ejemplo, a partir de la creación de reservas naturales. Eso implica resguardar los valores puramente biológicos sin tener en cuenta la historia humana de esos espacios”, continúa el investigador.

Este tipo de concepciones y medidas se revelaron como insuficientes cuando la antropología –y otras disciplinas sociales dentro del ámbito académico- pero también ciertos movimientos sociales, comenzaron a alertar sobre la pérdida no sólo de especies sino también de idiomas y culturas. “De hecho, en la actualidad un 40% de las lenguas existentes a nivel mundial enfrentan algún nivel de amenaza de extinción”, asegura Anderson.

Entonces en la década del ´80 las ciencias ambientales empezaron a valorar no sólo la biodiversidad sino, de manera más amplia, la diversidad bio-cultural, como reconocimiento del arraigo territorial de las culturas y de su relación con el entorno. “Por ejemplo, los yaganes tenían numerosas palabras que referían a la cosecha de mariscos en distintos contextos, como bajo la luz de la luna o para regalar a un amigo, que nosotros tenemos que expresar con frases complejas. Entonces hay todo un concepto y una experiencia con relación a la naturaleza en un entorno específico, que se pierde si muere la lengua a la que se asocia”, cuenta Christopher.

Mirada socio-ecológica

Hoy se reconoce que las pérdidas biológicas están estrechamente relacionadas con las pérdidas culturales y, a la inversa: los centros donde hay una mayor diversidad biológica en el mundo, coinciden con los lugares de mayor diversidad cultural, por ejemplo en la Selva Amazónica.

La diversidad biológica fomenta una multiplicidad cultural, pero también muchas prácticas culturales aumentan la diversidad biológica. “Por ejemplo, desde las prácticas de la cultura Occidental, la agricultura se asocia con una reducción de la biodiversidad. Sin embargo, existen otras formas agrícolas llamadas policultivos, relacionadas a pueblos indígenas y comunidades locales, que, por el contrario promueven la diversidad de especies. Existen algunos estudios que evidencian que en Yucatán (México) o la región Amazónica (Perú y Brasil), lo que hoy se percibe como selva “prístina” es producto de la selección, durante milenios antes de la llegada de los europeos, de especies de acuerdo a sus valores y sus usos, por parte de los pueblos originarios que poblaron la región. Es decir estas selvas en realidad son en parte huertas”, describe Anderson.

En esta manera de ver al ambiente, el ser humano aparece como una especie entre otras que interactúa con su entorno, y esa interacción tiene efectos diversos. “El ambiente es un sistema acoplado entre ser humano y naturaleza. El desafío es acompañar ese cambio de mentalidad con un cambio institucional y en las prácticas de conservación. Debe hacerse una transversalización de los temas ambientales para que estos atraviesen la totalidad de la agenda política, como ocurre por ejemplo en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, impulsados desde la ONU, a los cuales la provincia está adherida”, explica el científico.

Esto implica también la reivindicación y la puesta en valor de otras formas de pensar que a lo largo de esta historia que venimos narrando fueron relegadas en pos de la racionalidad científica. Según Anderson, “un buen ejemplo de esto es el reconocimiento por parte de algunos países latinoamericanos, como por ejemplo el Estado Plurinacional de Bolivia y, principalmente Ecuador, de la tradición quechua y aymara del buen vivirSumak Kawsay– contraponiendo una idea que implica el equilibrio en las relaciones con los demás y con el ambiente a lo que tradicionalmente se entiende desde la visión materialista de occidente que ata la buena vida a la posesión de ciertos bienes”.

En cuanto a la institucionalización de este cambio de perspectiva puede apreciarse algunas modificaciones en relación a las Constituciones Nacionales. “Las más antiguas, de la primera generación (por ejemplo la de Estados Unidos) se centran en los derechos universales de los ciudadanos – vida, libertad, felicidad-. Luego, una segunda generación (como la Constitución Argentina de 1994) reconoce derechos sociales –vivienda, salud, trabajo, educación-. Finalmente, una tercera generación (la de Ecuador es el caso más emblemático) reconoce derechos no humanos, de otras especies o del ambiente mismo. Ya no es el ser humano el que tiene derecho a vivir en un ambiente sano sino que es la propia naturaleza que tiene derecho a una existencia saludable”, recorre Christopher.

Desde lo académico, hay diferentes iniciativas que promueven no sólo el trabajo interdisciplinario sino, además, el diálogo con otros saberes, valores, actores sociales y otras formas de pensar. Estas visiones muchas veces están en armonía y otras tantas entran el conflicto. No hay forma de decidir cuál es la mejor sino es por medio de una opción subjetiva y política; no se puede jerarquizar estos saberes o valores en diálogo y, por ende, no pueden compararse, porque responden a distintos paradigmas. Ésta es la propuesta de base de la socio-ecología: la integración de la diversidad humana y ecológica en todas sus expresiones. (Ver video de Christopher Anderson para IPBES)

“La naturaleza nos desafía a ir más allá de nuestros propios límites para poder ver al ser humano como lo que es y no como lo que creemos que es. Para esto es fundamental dialogar con otras maneras de concebir el mundo. Las decisiones entre visiones contrapuestas desde esta perspectiva son siempre políticas y el rol del científico ya no es el del especialista que informa a los tomadores de decisiones o la sociedad en general, sino que debe ser el garante de la participación de las múltiples miradas pertinentes en cada discusión”, concluye Anderson.


Día Mundial del Medio Ambiente 2019: Unidos por un planeta sin contaminación del aire

En Tierra del Fuego la calidad del aire es de las más puras a nivel mundial y esto se debe, además de la escasa intervención directa del hombre, a que las corrientes de aire vienen desde el Oeste, donde se encuentra el océano Atlántico, de manera que no arrastra la contaminación producida en otras partes del planeta, como sí ocurre en otras regiones.


Por Mariela López Cordero – CADIC